Animalito hembra
Reencuentro
Sor Saturia, así se llamaba la primera rectora que conocí en el colegio Marillac. Luego vino otra, creo que su nombre era Sor Nora, pero puedo estar equivocada. Allá llegué a trabajar como profe de español y literatura con 23 años, con esas monjas como jefes, con un uniforme tipo sastre de color berenjena y una blusa rosada y horrorosa que me tenía que poner todos los días.
Sor Saturia hablaba como si en cualquier momento le fuera a soltar a uno un manotazo en la cabeza, siempre regañando, pero tenía cierta ternura que le daban su vejez y su cuerpo tan chiquito y tan flaquito metido en ese hábito azul. Después de un tiempo ella se jubiló y llegó la otra a reemplazarla; y esa de ternura no tenía nada, era tan cerrada, tan absurda, tan encascarada en su prejuicio y su pequeño poder, que despertaba en mí todas las rebeldías juntas.
Lo particular es que de esas rebeldías ellas no se enteraron nunca, me fui de allá cuatro años después, muy bien despedida, abrazada por todos, incluso por las monjas, con una biblia de regalo y conocida como la profe más calmada del mundo, esa que inspiraba mucha paz, según me dijeron (escribo esto y me da risa). Detrás de la puerta de los salones les armaba siempre un zafarrancho, enseñaba lo que a mi me parecía y no lo que ellas querían o censuraban, ayudaba a las estudiantes a redactar documentos de protesta contra las normas del colegio que yo también consideraba injustas, me iba a veces en la tarde, después de la jornada escolar, a tomar café con las más grandes, a charlar de poesía, y, Dios nos perdone, me fumaba algún cigarrillo con las que para entonces ya fumaban.
Creo que en Colombia mi relación con los estudiantes siempre fue muy cercana, traspasada por lo humano más que por la autoridad; rebelde, si se quiere, y sobre todo, muy honesta; con ellos siempre fui yo misma en toda mi extensión y creo que tal vez por eso fue posible crear lazos que trascendieron el salón de clases. Hoy mis redes sociales están llenas de mujeres y hombres que fueron mis estudiantes hace 15 o 16 años, que me escriben cada tanto, me saludan, me mandan algún texto que les recordó nuestra clase o me dicen que quieren narrar su vida para RecordArte, como fue el caso de Jennifer, la protagonista de este último episodio. Ella es la tercera persona que cuenta su historia para el podcast y que estuvo conmigo en un salón de clases hace mucho tiempo. Lo fueron también Jessica, de El fondo de la libertad, y Felipe de El proyecto es vivir.
A Jennifer no la veía desde el 2008, el rostro que yo recordaba era el de una niña de uniforme azul y delantal blanco, con una mirada inocente, y siempre muy responsable con todo lo académico. Y después de tanto tiempo, fue una experiencia muy bella reencontrarme, ya no con la adolescente, sino con la mujer, las dos en espacios y momentos tan diferentes de nuestras vidas, y escucharla. Acompañarla con mi silencio en su llanto y con mi risa en sus risas, mientras me llevaba de la mano por esa narración tan dura, pero a la vez tan hermosa que es su propia historia.
Un espejo diferente
Yo me crié rodeada de hombres buenos. Mi padre, mis tres hermanos y mi primo fueron los cinco hombres de mi infancia, y en ellos, no tuve que ver jamás ese lado más oscuro, más horrendo, de la masculinidad. Me hice mujer creyendo en la bondad natural de los hombres, confiando en ellos, sintiéndome libre, igual, y jamás sirviente de sus necesidades. Nunca maltratada, irrespetada o sometida. Esos cinco hombres de mi familia, y el que ahora me acompaña, hicieron que por muchos años yo viera la violencia, el abuso sexual y el sometimiento como una excepción a la regla, un hombre malo o enfermo entre muchos hombres buenos. Y no es que fuera ignorante de las cifras, los estudios y las realidades complejas de tantas mujeres en el mundo, pero creo que una cosa es saber y otra muy diferente es sentir, y entre más vivo y más historias de mujeres escucho, voy descubriendo, y sintiendo en carne propia, que esas que yo creía excepciones, en realidad no lo son tanto, que hay muchos, abrumadoramente muchos hombres a quienes la decencia, la empatía, el respeto y la humanidad les quedó grande. Y a veces están sentados en la silla de al lado.
En esta temporada de RecordArte hay nueve historias de mujeres, y de esas nueve mujeres, cinco han sido víctimas de abuso sexual o de otro tipo de violencia por parte de un hombre. A todas las he escuchado durante horas, las he visto llorar, he entendido con su relato cómo esos hombres quebraron una parte de sí mismas, y cómo ellas solas han tenido que encontrar la forma de sanar y levantarse. He escrito sus historias, una tras otra, y he mirado la mujer que soy en un espejo diferente al que vi en mi infancia. Tal vez es por eso que me ha salido en estos días una rabia de animalito hembra, de esas que solo se pueden sentir en los pechos y en el útero, rabia de territorio violentado, de silencio distribuido en pedazos pequeñitos por todo el cuerpo.
ANUNCIO PARROQUIAL
Con la historia de Jennifer nos vamos de vacaciones en RecordArte podcast. Vamos a celebrar el fin de año, a terminar los detalles de las historias que faltan y que son en total 12 episodios más de esta tercera temporada, y esperamos regresar a sus audífonos en enero.
Gracias por leer, por escuchar y por esperarnos. Y si les gusta lo que encuentran aquí, compartan y dejen su comentario, es bonito sentir que hay conversación.
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