Gaslight District
Cincinnati, Ohio
El hombre de los ruidos
Era mi vecino del piso de abajo, medio calvo, viejo, siempre en pantalones cortos y camisa sin mangas. Descuidado y solo. Vivía con un perro pequeño y feo que chillaba en lugar de ladrar. En las noches, ese hombre gritaba como un loco, era como si peleara con alguien invisible (porque siempre estaba solo) y nunca logré entender lo que decía con sus ruidos. Casi siempre dejaba su puerta abierta durante el día y se sentaba en las escaleras de entrada al edificio. Nunca me saludó cuando yo llegaba o salía mientras él tomaba el sol en ese porche.
Ese pequeñísimo estudio en Telford Street fue mi primera casa en Cincinnati, fue, de hecho, el primer espacio en el que viví sola y, sobre todo, el lugar en el que la música y yo tuvimos la relación más privada, más potente, más abarcadora. Una tarde, yo escuchaba obsesivamente a Leonard Cohen a un volumen considerable, cocinaba y cantaba: I came by myself to a very crowded place; I was looking for someone who had lines in her face…
De repente, escuché a alguien golpear a la puerta, no un golpe normal, uno violento, como de quien quiere entrar por encima de todo. I found her there but she was past all concern; I asked her to hold me, I said, “Lady, unfold me,”. Abrí asustada y me encontré al vecino que de un alarido y con cara de odio, me dijo: “you are disturbing my peace”, refiriéndose a la música y se fue. Cerré, todavía nerviosa por su tono, bajé un poco el volumen y seguí sazonando mi pollo, siempre comía piernas de pollo o pasta con atún porque mi sueldo de estudiante extranjera no daba para más but she scorned me and she told me I was dead and I could never return. Pasó un rato y otra vez los golpes en la puerta, ahora más fuertes que los anteriores, no golpes de quien se anuncia, sino de quien quiere romper algo.
Esta vez no era el vecino, era un policía, y me dijo con cara de odio y pronunciando palabra a palabra, muy pausadamente, como si yo fuera tarada: “turn the volume down”. Cuando quise hablarle, decirle que no lo tenía tan alto, que eran apenas las cuatro de la tarde, que era mi casa, mi derecho… no me dejó hablar, con cada palabra que yo intentaba articular, me decía: where are you from? where are you from? de dónde es usted?… lo repitió hasta que le dije: colombiana. Entonces, con una mueca de desdén y desprecio me dio la espalda y se fue repitiendo escaleras abajo: “turn the fucking volume down”, yo cerré la puerta, sentí el cuerpo duro e inmóvil, con los brazos caídos y las lágrimas a chorro abierto.
Al otro día salí de mañana para la universidad, el vecino estaba ahí, como de costumbre, sentado en las escaleras con su perro enano acomodado en los brazos como un bebé. En algún momento, mientras yo caminaba, lo vi pararse a poner agua en una plantita que tenía en el porche, la regaba y la tocaba con un cuidado que parecía amor.
Los hombres de la música
Un día, no pasó mucho tiempo, ese vecino se fue. Yo lo vi sacar su trasteo desde mi ventana y subir sus cosas en un camión pequeño. Mi reacción fue saltar, poner música y saltar. Se iba y me dejaba libre con mis ruidos, al menos hasta que llegara otro, seguramente amargado, adicto al silencio de los suburbios estadounidenses.
No llegó uno sino dos, eran jóvenes, no sé cuántos años tenían, pero sí sé que eran menores que yo, en ese entonces yo tenía veintiocho. Eran dos muchachos blancos y flaquísimos, con pinta de punks: pantalones y camisetas rotas, ganchos en las orejas y el pelo rapado en los costados. Un día, sería un lunes o martes, yo dormía profundamente y de pronto, a eso de las dos o tres de la madrugada, me despertó de golpe la música que se encendió y que venía desde su apartamento en ese piso de abajo. No era el volumen medianamente alto que mis humildes parlantes lograban, era la fuerza de cada guitarra y cada sonido cimbroneando los muros de nuestro pequeño edificio de madera, como si la construcción completa vibrara al ritmo de esa melodía. Lo recuerdo perfectamente, era Bob Dylan despertándome de madrugada con esa voz ronca y esa armónica llorona How many roads must a man walk down Before you call him a man? Abrí los ojos y me quedé escuchando, me sentí metida en la escena de una película que no me pertenecía pero que me gustaba habitar.
En otra ocasión, también entrada la noche, empezó la serenata. Esta vez era Nirvana Truth covered in security I can’t let you smother me. Recuerdo que había una botella de cerveza puesta en una pequeña barra de la cocina y el sonido era tan alto que yo veía como las vibraciones iban moviendo la botella poco a poco, como si la hicieran bailar. Un movimiento pequeño pero constante que no paró hasta que la botella llegó al borde y se cayó I’d like to, but it couldn’t work Trading off and taking turns. Yo sola en ese pequeño estudio veía el espectáculo de la botella danzante y pensaba en la belleza que se produce cuando la música reina, justo cuando se para por encima de todas las cosas y todos los ruidos.
Así pasaron las semanas e incluso los meses, los chicos punk y yo nos saludábamos de vez en cuando cada vez que nos cruzábamos en el porche. Yo respetaba su volumen y ellos respetaban el mío. Cada quien tenía su propio escándalo de músicas que, inesperadamente, tenían bastante en común. Por ese tiempo, yo andaba profundamente obsesionada con una canción de David Bowie, la había redescubierto y la escuchaba como aferrada a un mantra que me salvaba los días, Didn’t know what time it was The lights were low y pensaba en la nieve y la escuchaba, I leaned back on my radio Some cat was layin’ down y sentía el frío y la escuchaba, día y noche, múltiples veces, a todo volumen la escuchaba Some rock ‘n’ roll ‘Lotta soul’, he said.
Una tarde de viernes llegué con un amigo mexicano al que quiero mucho, Manuel, con unas cervezas en mano, dispuestos a charlar en mi apartamento. Los vecinos estaban sentados afuera del edificio, dispuestos seguramente a empezar su propia fiesta. Nos vieron y nos saludaron. Manuel y yo subimos, pusimos alguna canción y empezamos a tomar cerveza. Unas horas después ya se oía la música de los vecinos sobrepasar el volumen de la nuestra. Y ellos eran más, esta vez tenían invitados, se escuchaban voces, risas, escándalo joven y desordenado.
En algún momento de la noche alguien golpeó a mi puerta, era uno de los vecinos. Esta vez no para decirme que yo estaba perturbando su paz, sino para invitarnos, a Manuel y a mí, a unirnos a ellos en su escándalo y perturbar juntos, tal vez, la paz de todo el vecindario. Nos estaban invitando a bajar y a tomar una cerveza con ellos. Manuel y yo nos miramos por un segundo, como diciéndonos: ¿por qué no? reafirmándonos la curiosidad mutua de conocer más de cerca ese mundo extranjero y desconocido que se festejaba en el apartamento de abajo. Dijimos que sí. Apagamos nuestra música, el vecino bajó adelante de nosotros como indicándonos el camino y nos llevó hasta su puerta. Adentro estaba oscuro, era una estudio más pequeño que el mío, había jóvenes sentados en el suelo y en algún colchón, olía a sudor humano, a joven, a calle, a humos variados. Manuel y yo entramos y nos recibieron con algarabía, dos especímenes extraños y marrones se unían ahora a su fiesta blanca y joven. Y justo en el momento en que cruzamos la puerta y nos sentamos, sonó con toda la fuerza posible, a ese volumen magnífico que ya les conocía, la canción de David Bowie:
There’s a starman waiting in the sky
He’d like to come and meet us
But he thinks he’d blow our minds
Las paredes retumbaban, a mí el pecho se me infló como cuando uno siente que la vida le está diciendo algo. Esos momentos en que el tiempo se detiene y uno está tan presente que la sensación genera una fotografía inmaterial en el cuerpo. Manuel y yo nos pusimos de pie y canté esa canción con toda la fuerza que me permitieron los pulmones
There’s a starman waiting in the sky
He’s told us not to blow it
‘Cause he knows it’s all worthwhile
Entendí la potencia de su sonido. No eran parlantes lo que tenían, eran unos amplificadores de casi un metro de altos, y los usaban en todo su esplendor.
He told me:
Let the children lose it
Let the children use it
Let all the children boogie
Miré a uno de los vecinos y me sonrió diciéndome: you like it, right? Yo le devolví la sonrisa, claro que me gustaba y él sabía que me gustaba, porque así como yo me había pasado semanas escuchando sus canciones a través de los muros, ellos también habían escuchado las mías. De alguna extraña manera, ya nos conocíamos en esa intimidad que solo la música permite. No me habían invitado a tomar una cerveza, me habían invitado a escuchar y a cantar esa canción que me obsesionaba a un volumen más alto que el mío y acompañada por sus voces que pronunciaban, claro, mucho mejor que yo la letra de Bowie.
Pasado un rato, alguien más en el edificio llamó a la policía, no sé quién, pero los policías llegaron y pidieron apagar todo. La mayoría de los chicos se fueron, quedaron los dos vecinos, yo les pregunté si querían subir con nosotros a mi apartamento a tomarse las pocas cervezas que nos quedaban y a escuchar música, ahora a un volumen mucho más considerado. Ellos dijeron que sí, y ahí, ya en una charla más pequeña, más privada, luego del éxtasis de su fiesta, les di las gracias. Les dije que me costaba a veces compartir con estadounidenses porque los encontraba lejanos y porque no me sentía muy segura de mi inglés. Y uno de los vecinos me contestó: ya en la música tenemos una lengua en común, no necesitamos hablar.
Está entrega necesita una lista de reproducción, aquí está:
Noticias
Por último, quería contarles que hace ya unos meses, en junio, tuve la alegría de visitar y entrevistar al equipo de un podcast que admiro y quiero mucho, Relatos Ñeros. Lo hice porque me invitaron a participar de la tercera temporada de Los podcast que nos formaron, produciendo un episodio para ellos.
Los podcast que nos formaron es un proyecto que rinde homenaje a grandes proyectos y profesionales del audio y está hecho por el equipo de Tristana Producciones y el de Peces fuera del agua. Yo les propuse contar la historia de cómo nace y se transforma Relatos Ñeros y a ellos les gustó la idea. Así que después de hacerles la entrevista en Bogota a Jota, Daniela, Felipe y Steven, finalmente salió el episodio este martes 14 de octubre. Les puedo adelantar que la historia de Relatos Ñeros como proyecto es tan honesta y tan fascinante como las historias que ellos narran en su propio podcast. Aquí la pueden escuchar:

![[Record]Arte](https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!V8EF!,w_80,h_80,c_fill,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep,g_auto/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2380d02b-38f6-4e66-b273-6d71348d29c2_1280x1280.png)







Qué hermoso este post.
Y qué linda la foto con Oscar Iván y los Ñeros 💕
Pimer punto: Hermosa historia alrededor de la musica y la forma de relacionarnos con nuestros vecinos, amigos eincluso conlos desconocidos...
Segundo punto: Que belleza esa visita a los Ñeros... Ellos lo hacen sentir a uno en familia con sus relatos y su forma de contar historias. Abrazos para todos...