Justicia del relato
El domingo pasado se publicaron en el feed de RecordArte los dos episodios en los cuales se encuentra la historia de Ángela Mariño, la mujer que decidió practicarse la eutanasia y que quiso narrar su historia antes de partir. Producir estos episodios me puso sobre la mesa muchas preguntas, muchos cuestionamientos; preguntas que ya me había hecho, miedos y preocupaciones que ya había sentido, pero que en este caso, por varias circunstancias particulares, se hicieron más evidentes.
Yo vengo del mundo de la literatura, es lo que estudié, lo que leí y lo escribí hasta el momento en que descubrí el pódcast narrativo y me incendió la idea de escuchar a otros y de narrar, a través de un micrófono, sus historias. Esto implica que yo venía de la ficción y que súbitamente salté a la realidad. En la escritura, los poemas eran mi reino, entre la palabra y el papel estaba solamente yo. Pero aquí, cuando escribo cada guión, la palabra danza íntimamente con la piel de otro, con unos llantos y unas risas que no son míos, con una memoria que no me pertenece. Ya no somos solamente mis palabras y yo, cada sonido y cada silencio está tocando directamente a un ser humano y al mundo que lo rodea, y esa es una responsabilidad que he ido entendiendo sobre la marcha y con el tiempo.
No soy periodista y por tanto no quiero ni puedo hablar de este asunto desde allí, lo hablo desde esta que soy, mujer que se llama Paola, sentada en su escritorio, con el audio de un testimonio en dos archivos, preguntándose cómo hacerlo, qué hacer o qué no hacer, y qué propósito tiene todo.
Y con respecto al propósito, algunas personas me han dicho: si lo que narra son historias de vida ¿por qué no lo hace mejor en video, en formato de entrevista? ganaría mucha audiencia, podría monetizar. Y mi respuesta siempre ha sido: porque perdería todo lo que amo de RecordArte. Esencialmente dos cosas: la posibilidad creativa y el acto de devolver algo a esa persona que entregó su historia, algo más que un video editado y una plataforma pública.
Con la historia de Ángela pasó algo particular, y es que ese mismo día en que yo terminé la entrevista con ella, en la noche de ese domingo, llegó a su casa la conductora de uno de los videopódcasts más vistos en Colombia con todo su equipo de grabación para entrevistarla. Era una sorpresa que tenían preparada para Ángela, ella quería profundamente que su mensaje sobre los animales llegara a muchas personas, que se alcanzaran donaciones masivas, y afortunadamente se logró. Eso es lo importante. Pero ese paralelismo, para mí afortunado, entre lo que ellos hicieron y lo que yo sentí que debía hacer, me llevó a pensarme nuevamente esas cuestiones del cómo, el porqué y el para qué.
Cuando el episodio en video salió, 16 días después de la muerte de Ángela, mi sensación fue que había quedado por fuera la mitad de su ser, que la enfermedad y la eutanasia habían protagonizado el rumbo de la entrevista, y que todo lo demás había quedado en blanco; sentí, sobre todo, que muchas de las preguntas y comentarios la pusieron a ella en un lugar incómodo, que no hubo un silencio que escucha sino una voluntad de encontrar ciertas respuestas o encender ciertas reacciones. Eso me molestó. Me cuestionó también si haberlo publicado apenas dos semanas después de su muerte no habla de cierta insensibilidad por el duelo de los suyos, si no debería ser acaso más importante respetar el silencio necesario para el dolor del otro, que subirse en la ola viral de una historia que está resonando por todas partes.
Y no es que piense que todos los pódcasts de entrevistas sean malos, de hecho escucho y me gustan varios, pero creo que algunos deberían cuestionarse sobre el cuidado y el respeto que merece trabajar con el relato de otros. Que el título de la historia no sea “Ejercí mi derecho a la eutanasia” o “Mi hija se murió en un incendio”, así como tan básico, como sin esfuerzo, como si la persona se redujera a ese evento más doloroso, más trágico o más escandaloso. Que el tiempo de la entrevista no se marque por lo que pide la audiencia, sino por el tiempo que el otro necesite para narrarse. Que la pregunta no acose, sino propicie. Que el comentario, si no es pertinente, mejor se calle.
En fin, mi punto aquí no es regodearme en la idea de que en RecordArte lo hicimos mejor, cuando se trata de la historia de una persona, creo que el sentido de competencia se vuelve sucio. Mi punto es que el trabajo que ellos hicieron me puso enfrente una imagen clara, y en ella, el reflejo de todo lo que no quiero hacer.
En el inicio de RecordArte era solo una intuición, pero a medida que han pasado los años, las temporadas y las historias, he comprendido que lo que sucede aquí, o lo que yo espero que suceda, es un intercambio. Las personas me ofrecen la historia, el testimonio y la voz, y yo me dispongo a dejarla pasar por este filtro que soy, que somos, para que me atraviese, para permitirme sentir, al menos un poco, esa otra vida en mí; y para devolverles a cambio una justicia del relato (así le llamó una amiga a lo que hago), como cuando una foto hace justicia a la belleza que le entrega la luz. Aquí, los protagonistas de cada historia son esa luz, y yo, apenas una cámara que intenta captar y reproducir los colores, los brillos y las sombras, organizar la composición de esa fotografía que es su propia historia. La cámara o el ojo, o como diría Caparrós, la mirada: “una mezcla, en proporciones tornadizas, de mirada y escritura”.
Me entregan la historia y yo aspiro a retribuir con belleza. Al menos esa es mi búsqueda: que no se nos olviden nunca las últimas dos sílabas de nuestro nombre: RecordArte.
Aquí les comparto El animal que habito, los dos episodios con la historia de Ángela:
![[Record]Arte](https://substackcdn.com/image/fetch/$s_!V8EF!,w_40,h_40,c_fill,f_auto,q_auto:good,fl_progressive:steep/https%3A%2F%2Fsubstack-post-media.s3.amazonaws.com%2Fpublic%2Fimages%2F2380d02b-38f6-4e66-b273-6d71348d29c2_1280x1280.png)



Muy cierto todo lo que dices respecto al cuidado y al respeto que merecen las historias que a uno le llegan cuando se es contador de historias. Siempre he pensado que la gente es muy generosa al compartir sus historias y que el audio da esa intimidad que un relato necesita.
Que bella reflexión, totalmente de acuerdo!