Ludlow Avenue
Cincinnati, OH
La cabeza incendiada
Una tarde cualquiera estaba en mi apartamento con una amiga y de pronto tocaron a la puerta. Era la vecina que vivía en el apartamento del lado:
Judith: Vengo a avisarle que en unas dos horas debería llamar a una ambulancia.
Paola: ¿se siente mal? ¿necesita ayuda?
Judith: No, ahora no. Pero en unas dos horas seguramente va a tener que llamar una ambulancia.
Paola: No entiendo, si quiere la puedo llamar ahora, ¿está enferma?
Judith: No, tengo que tomar una medicina cada dos horas y hace tres horas que no la tomo, así que lo más seguro es que tenga que llamar la ambulancia en unas dos horas más. No es una cuestión de urgencias, o más bien es una urgencia que preveo.
Paola: pero no sería mejor que se tomara la medicina ahora, ¿se le acabó?
Judith: la medicina está en mi apartamento y yo también estoy en mi apartamento, pero en dos horas usted debería llamar a la ambulancia. Hasta luego.
La mujer se dio vuelta y entró en su apartamento, que estaba justo al lado del mío, y dejó su puerta abierta. Yo cerré la mía y me quedé pensando si había entendido bien lo que la vecina me acababa de decir o si mi inglés, traicionándome como solía, me había hecho establecer una conversación sin sentido que entendí de una forma pero que en realidad ocurrió de otra. Ese es el problema de vivir en un país con otra lengua, las conversaciones terminan siempre con una interrogación, la incertidumbre de saber si se escuchó realmente o si se atraparon unas cuantas palabras en el aire como se atrapan las burbujas de jabón.
El caso es que esa mujer era mi vecina en un edificio de Ludlow Avenue: el Jonathan Building, y su presencia captó mi atención desde que llegué a vivir allí. Era una mujer mayor, le calculaba yo unos 60 años, aunque a veces daba la impresión de tener más porque caminaba con cierto ritmo de anciana y dando pasos como si sus piernas estuvieran más rígidas de lo normal. Tenía el pelo tinturado de un color rojo vivo y siempre lo lleva desordenado y medio sucio, tenía la piel ajada y los dientes amarillos. Pero sobre todo, su mirada era lo más particular, tenía mirada de loca, parecía estar siempre enojada o con algún tipo de problema enredado en su cabeza, y cuando sonreía, no había comunión posible entre esa sonrisa de dientes amarillos y esos ojos desorbitados. Casi siempre dejaba su puerta abierta, y en las tardes se sentaba a ver “The wheel of fortune” con la televisión a todo volumen, y aplaudía emocionada cuando un concursante ganaba algo. Yo podía escuchar el televisor y sus aplausos desde la sala de mi apartamento.
Cuando iba a Sitwells, el café que nos quedaba más cerca, siempre se sentaba a tejer gorros de lana y pedía un café sin azúcar con medio aguacate y una cuchara pequeña. Siempre me pareció un personaje de una obra de teatro, seguramente una de Griselda Gambaro: la forma en que hablaba, con las palabras lentas y ásperas, como si tratara con esfuerzo de poner una tras otra en sus oraciones; los movimientos rígidos de su cuerpo delgado y su mirada, siempre su mirada, me hacían pensar, no sé por qué, en Emma, la protagonista de El campo.
Esa tarde, luego de un rato, volvió a golpear en la puerta, esta vez no me pidió que llamara una ambulancia, sino que llamara a los bomberos, según ella, había un incendio en el edificio. Yo me asomé al corredor, olfateé por todos lados intentando buscar algún olor a chamusquina, pero nada. Di por descartada su noticia de incendio, que asumí tan falsa como su intención de no tomar su medicina y de que yo llamara una ambulancia. Ya cuando la noche empezaba a caer, salimos; mi amiga ya se iba y yo salí a acompañarla a tomar el bus frente al edificio. Mientras estábamos ahí, vimos salir a Judith con una expresión aterrorizada, con un caminado acelerado y un atuendo muy particular. Salió por la puerta frontal del edificio, llevaba puesta una pijama, una bata larga y arrugada cuyo color no recuerdo con exactitud. Recuerdo sí que no tenía zapatos sino pantuflas, y que de su hombro colgaba un bolso grande, elegante y de cuero. Llevaba los labios pintados de rojo. Nada en su atuendo cobraba sentido, salió muy afanada y esperó el bus que siempre esperaba donde siempre lo esperaba. Se subió y se bajo en la siguiente parada que quedaba exactamente unas dos cuadras después.
Al cabo de unos minutos las sirenas invadieron toda la calle, los bomberos que yo no llamé aparecieron frente al edificio. Vi que iban a tumbar la puerta de entrada con uno de esos tubos pesados que uno ve en las películas y corrí a ofrecerme a abrir la puerta por ellos, no había necesidad de destruirla. Les pregunté qué pasaba y me dijeron que una mujer en el edificio había llamado para alertarlos de un incendio, yo les conté de mi episodio con la vecina y que posiblemente el incendio era irreal. Ellos, obviamente, tenían que comprobarlo de cualquier forma, así que empezaron a inspeccionar el edificio. Unos minutos después salieron, efectivamente no había existido el tal incendio, o tal vez sí, era el incendio en la cabeza de Judith.
Fueron varios los episodios particulares con mi vecina de pelo rojo. Otro día, un fin de semana, tocó a la puerta, esa vez fue Mike quien abrió. Ella venía con su cabello grasoso y desordenado como siempre, con los labios muy rojos y con los ojos maquillados con el mismo color. Labios y ojos parecían alarmantemente encendidos. Le dijo a Mike que la secadora de ropa que estaba en el sótano no estaba funcionando, que ella había puesto su ropa, pero que la ropa había salido llena de esquirlas de metal, incluso la funda de su almohada, y que esas esquirlas le habían lastimado la piel. Dijo entonces que por las heridas en su piel, causadas por la secadora, había tenido que ponerse labial en los ojos con sus propios dedos, todo lo que decía era absurdo. Mike le dijo, confundido y sin saber qué responder, que igual su maquillaje se veía bien, y ella sonrió con una mirada entre coqueta y desquiciada. El caso es que por esas mismas heridas dijo no poder sacar su basura, y necesitaba que él le ayudara a sacarla. Y claro, él lo hizo. Después de ese día las excusas de por qué no podía hacerlo ella y necesitaba su ayuda fueron múltiples.
A veces pienso que Judith vivía secretamente enamorada de Mike, siempre buscaba razones para hablarle y pedirle ayuda con algo, y cuando nos cruzábamos con ella en la calle y yo la miraba para saludarla, volteaba la cara muy seria, me ignoraba, pero a él siempre le respondía el saludo con esa misma sonrisa medio pícara y medio loca.
Nos fuimos de ese edificio y nos fuimos luego de Cincinnati. Nunca supe qué pasó con Judith, si sigue viviendo allí, si se fue, si murió, si está viva.

Los tacones rojos
Era una persona que de día se veía como un señor de unos 50 años, cabello corto, barba afeitada, vestimenta casual. De noche, era una mujer que llevaba vestidos ajustados, brillantes, medias veladas y tacones altísimos. No tengo idea de cómo se identificaba, si para el mundo era él o era ella; así que para mí, que apenas vi desde afuera, era los dos.
En las mañana lo veía sentado en el porche, frente a su casa, con una bata levantadora gris, una pijama masculina y pantuflas. Se sentaba allí con una taza de algo caliente a leer el periódico. Parecía ser su ritual de cada mañana, al menos en los días de primavera y verano, cuando el clima lo permitía. Aparte de ese ritual, de su vida diurna, nunca supe nada más.
En la noche, en cambió, la vi muchas veces en el bar de la esquina. Era un típico bar estadounidense, con varios televisores, una barra larga y un patio en la parte de atrás que la gente aprovechaba cuando el clima era bueno. Allá se reunían, sobre todo, estudiantes de posgrado, alguno que otro profesor, y los asiduos y solitarios vecinos del barrio, personas que iban mucho, siempre, tanto que parecían personajes fijos de ese cuento que se contaba cada noche en Arlin’s, así se llamaba el bar. Todas personas bastante particulares de las que podría escribir 10 entregas más. Pero me voy a quedar con ella. Allá la vi por primera vez en su ser nocturno. Sentada en una mesa pequeña, sola, con las piernas cruzadas y una copa de algún licor color rosa.
En otra ocasión, un día cualquiera a eso de las 7 u 8 de la noche, salí de la casa a recoger la cena que habíamos ordenado en el restaurante indio del barrio. Ya estaba de vuelta y la vi a ella venir caminando con sus tacones altísimos, sus piernas flacas, su minifalda y su pequeño bolso. Cuando pasó a mi lado me habló, yo al inicio no le entendí muy bien qué me decía mientras me extendía la mano con su celular en ella, como entregándomelo. Pero pronto comprendí que me estaba pidiendo que le tomara una foto. Como pude, con la bolsa de comida en una mano y el celular en la otra, le tomé una foto mientras ella posaba al lado de un poste de luz. Convencida de que mi labor había terminado, intenté devolverle el celular, pero me dijo que no, quería otra foto, y otra y otra más. Terminé esa noche haciéndole una especie de foto-estudio, en medio de la calle, con mi comida india enfriándose en la bolsa y con ella posando en un ángulo y en otro, con la pierna doblada, estirada, acurrucada, con múltiples gestos en sus rostro, todos cómicamente sensuales. Una vez satisfecha, me agradeció, yo le sonreí y seguí mi camino a casa mientras ella cruzó la calle rumbo al bar.
El último gran recuerdo que tengo de ella fue en una noche de karaoke en el bar. Siempre había karaoke los lunes. El DJ estaba en su lugar, el bar estaba lleno y ya un par de intrépidos visitantes se habían atrevido a cantar alguna canción. Ella llegó sobre las 10 de la noche con su vestido ceñido al cuerpo y cubierto de lentejuelas, sus medias de maya, sus uñas muy largas y muy pintadas, y unos tacones rojos y brillantes que parecían alumbrarle los pies. Dejó su copa de licor rosa en la mesa, se levantó para hacer su pedido al DJ y se volvió a sentar. Pasaron unos minutos, no logro recordar con qué nombre la llamaron al escenario, pero podría jurar que fue Rose. Aunque bien puedo estar inventando un nombre que le imagino adecuado. Ella se paró y subió al escenario, la música empezó y cantó con una sensualidad bella y bizarra al mismo tiempo, awkward sería la palabra en inglés, pero su equivalente en español: extraña, no le hace justicia. En una mano tenía el micrófono y en la otra su copa, como de martini, se meneaba. Ella cantaba con los ojos cerrados y parecía que en cualquier momento se podía caer cuesta abajo desde las alturas de esos tacones rojos.
Por otro lado
No sé si habrán notado que este segundo semestre del año no ha salido una entrega cada dos semanas como solía salir. Pasa que no me da el tiempo, o si me da es a un precio alto para este animalito ansioso que soy y que a veces quisiera hacerlo todo, olvidándose incluso de respirar. Pues bueno, este semestre decidí respirar. Por eso, les llegará desde ahora una entrega mensual, por lo menos hasta que ocurra un milagro o me gane la loteria, que serían un poco lo mismo, y pueda dejar de trabajar como profesora de tiempo completo y dedicarme a ser escritora de vida completa.
Nos leemos en un mes,
Paola.
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Vaya personajes!!!
Espero que pronto te puedas dedicar por completo a la escritura!!!!